LA CONTRARREFORMA QUE AMENAZÓ CON FULMINAR A MÁS DE UN REQUENENSE.
Por Víctor Manuel Galán Tendero.
El 4 de diciembre de 1563 finalizaron las sesiones del Concilio de Trento, reafirmándose doctrinalmente el catolicismo frente a los movimientos protestantes, y el 12 de julio de 1564 sus disposiciones fueron aceptadas por Felipe II. El rey prudente, o el diablo del Mediodía, ha sido considerado en numerosas ocasiones como el paladín de la Contrarreforma, que desde agosto de 1566 se enfrentó a la rebeldía abierta en los Países Bajos. Tradicionalmente, se ha presentado su España como el baluarte del catolicismo tridentino, apenas sin fisuras. La severidad del Santo Oficio se encargaría de recordar a más de uno los preceptos a seguir. Sin embargo, el estudio de la realidad local demuestra que la sociedad española de aquellos tiempos era mucho más compleja de lo que se suponía. A este respecto, se asemejaría a la Rusia de los zares, con unos campesinos no tan religiosos como a veces se ha pregonado, o a su sucesora la Unión Soviética, cuyo ateísmo oficial no consiguió extirpar ni el cristianismo ortodoxo ni el islam.
Ubicada entonces en el obispado de Cuenca, la villa de Requena nos ofrece un buen observatorio. Con tres parroquias bien establecidas y un convento de los carmelitas que podía blasonar de su fundación a inicios del siglo XIV, sus gentes no parecían sospechosos de no estar comprometidos con el catolicismo, a diferencia de sus vecinos moriscos de los alrededores. Sin embargo, los criterios más exigentes de la Contrarreforma lo pusieron en solfa. De 1562 a 1571 estuvo al frente del obispado de Cuenca el franciscano Bernardo de Fresneda, bien capaz de ganarse la voluntad del mismísimo Felipe II. Presidió en 1566 el sínodo provincial, en el que participaron el regidor requenense Pedro Ferrer y el enviado episcopal, el doctor Hernández. Aun así, el mismo Hernández informó muy desfavorablemente del estado moral de los clérigos y seglares de la localidad, apuntando que lo dispuesto en Trento no les había alcanzado apenas.
Sus tres curas párrocos fueron acusados de no impartir doctrina ni de explicar el significado de los sacramentos, considerados en aquellos tiempos la corona imperial y de espinas de Jesucristo, de difícil comprensión. En verdad, los aranceles de la administración de los sacramentos se cobraron hasta comienzos del siglo XIX, proyectando una imagen desfavorable. Sin embargo, frente a clérigos más atentos a los intereses mundanos, se dieron casos puntuales como el de Diego de Salazar, que no dudó en acudir a la ermita de Nuestra Señora de Gracia a administrar los sacramentos a los enfermos de peste durante la epidemia de 1558.
El modo de vida y la preparación del clero también fueron denunciados por Hernández en términos contundentes. Se afanaba en cazar, en el contrabando, y en la especulación de cereales. No renunciaban a vestir ropajes prohibidos o a portar armas. Su estilo mundano, que se remontaba a tiempos medievales, no se avenía con el nuevo rigorismo de la Contrarreforma. Tampoco el clero beneficiado residía en Requena, y sus tenientes carecían de la preparación necesaria para confesar, pues burlaban los requerimientos necesarios para aprobar con rectitud los exámenes prescriptivos. Algunos incluso no sabían ni leer.
Hernández también se fijó en las disputas entre los seculares y los regulares, cargando contra los carmelitas, acusados de usos deshonestos como vender el hábito mortuorio de la orden para evitar el purgatorio a partir del primer sábado después del fallecimiento. Se estaba preparando la llegada de los franciscanos a Requena. Las acusaciones no privaron a los carmelitas de más de un apoyo. A la hora de enseñar gramática, gozaron en 1588 de las simpatías de Juan Navarro, Luis Pedrón, Juan Mateo y Francisco Ruiz del Colmenar, mientras los franciscanos sólo tuvieron la de Fernando Pérez Sendina y Francisco Martínez Godoy, que había actuado en otros temas como su procurador.
El retrato del común de las gentes no era mucho mejor. Las gentes de Requena fueron acusadas de burlarse de las leyes matrimoniales y sus viudas de no asistir a misa hasta un año después de la muerte de su esposo. Sostuvo que no se guardaban los domingos ni las fiestas de precepto. Sus cofradías gastaban el dinero en entretenimientos y no en obras piadosas. Para colmo, el consistorio sufragaba la fiesta tradicional del Rey Pájaro.
Todavía a 18 de diciembre de 1550 en su celebración pudo proseguir la costumbre de las danzas de las mujeres, una celebración de tradición medieval muy relacionada con el ciclo navideño. Los jóvenes (y no tan jóvenes) fieles del Rey Pájaro de turno acostumbraban a imponer por cada hato menor de 1.400 cabezas un borro y una borra por ser tierra de paso que debía pagar al rey el servicio y el montazgo según los fueros de Cuenca y Sepúlveda. Desde 1514 los de Moya lo denunciaron. Los requenenses lo resistieron con éxito en 1517, 1520, 1523 y 1525, pero las cosas cambiaron al final, y entre el 26 de enero de 1551 y el 31 de agosto de 1553 tuvieron que resignarse a no cobrar la borra. Los tribunales reales se mostraron inflexibles. Poco a poco, aquel símbolo de la autoridad caballeresca sobre los términos de Requena y sus ganados de tránsito, propio de los siglos XIV y XV, declinó hasta llegar a pedir permiso para subsistir de la mejor manera que pudo. Vemos que en el XVI se verificó el final de la cultura popular bajomedieval y el comienzo de la propia de la Contrarreforma, que salvó de la primera lo que consideró más conveniente a sus fines. El 15 de abril de 1560 el procurador del Rey Pájaro Juan de Santacruz pidió hacer por San Marcos la fiesta, ya considerada oficialmente perjudicial, a instancia de los mozos y los mayordomos. Por aquel señalado día los ganaderos retornaban de sus pastos de invierno a los estivales, pero no se les toleró una ocasión para reivindicar antiguos pagos y costumbres en una Castilla cada vez más transitada por ganaderos, arrieros y viajeros. A 24 de mayo se les dejó que concurrieran los fieles del Rey al Corpus, celebración tan exaltada por la Contrarreforma (muy atenta a la eucaristía), sin palos ni combates. Estos bailes de bastones fueron contemplados con prevención por una autoridad regia atenta a disciplinar al vecindario y a controlar sus armas. No en vano Hernández había cargado contra los duelos y el contrabando.
En verdad, el contrabando resultó demasiado habitual en una localidad emplazada en la raya de Castilla con Valencia. En 1561 se denunció en términos severos en el juicio de residencia del corregidor Lezcano. Salió a relucir que el valenciano Andrés Pérez pasara paños y cosas vedadas al vecino reino. Tras apelar en la Chancillería de Granada consiguió carta de emplazamiento y consultoría, pero el corregidor le cobró cincuenta ducados de cohecho para ahorrarle trámites y otros males. Toleró el mismo corregidor Lezcano la entrada de valencianos en tiempo de pestilencia para después imponerles multas de 3.000 maravedíes en su beneficio. El toledano Pedro de Castillo burló la veda de dinero y trigo con consentimiento de Lezcano, dejando en su poder 500 ducados. El cargo de reventa ilegal de trigo en el reino de Valencia subió de tono cuando el alcaide del portal de Cuarte llegó a denunciar la entrada de cantidades de 200 cahíces valencianos, a cinco ducados cada uno, con la complicidad de Diego de la Peña, criado del virrey de Valencia (el duque de Maqueda), que conducía al Real sin que los jurados pudieran disponer del mismo para la necesitada alhóndiga local, según puso en conocimiento su administrador Josep de Castellví, recibido con alabardas en casa del duque. Su camarero, Sebastián Díaz de la Peña, era cuñado del corregidor de Requena, contra el que depusieron el escribano y receptor Joan Escudero, el citado mercader Andrés Pérez, Alonso Martínez Godoy, el mercader Baltasar de la Serna, el sobreguarda de Valencia Antonio Rodríguez y el propio alcaide del portal de Cuarte Miguel Insa. Por si fuera poco, Diego de la Peña también fue acusado de ayudar al pastor Bartolomé García a pasar una maleta de ropa con 500 ducados en reales. El control de los caballos entre Castilla y Valencia, que tuvo no poco de pervivencia bajomedieval y de viejas rivalidades, inquietó asimismo a los oficiales reales, interesados en evitar fraudes en la posesión de corceles. En muchas localidades del reino de Valencia era obligado disponer de un caballo para concurrir a los oficios municipales y no pocos simulaban tenerlo alquilándolo en el tiempo cercano al alarde. Se ahorraban considerables costes de mantenimiento a costa de mermar penosamente la efectividad de las caballerías locales frente a las acometidas de los veloces corsarios berberiscos. Desde Castilla el rey quiso cortar de raíz el problema y ordenó a sus corregidores de la frontera con Aragón que tomaran nota con escrupulosidad del número de caballos y de sus amos. El inefable Lezcano no registró muchos a doce leguas de la raya de Valencia. Al darlos por perdidos, condenaba a sus dueños a pagar entre tres y cuatro ducados, que más tarde descontaba del precio de su venta en el reino valenciano. Bajo el corregidor Aliaga, hombre menos polémico que Lezcano, el contrabando continuó y los infractores, algunos destacados prohombres, se acomodaron a pagar la sanción cuando eran sorprendidos. En 1566 Hernando Ruiz pasó seis fanegas de trigo a Valencia y en 1568 Pedro Ferrer pasó nueve, Juan García Abengamar introdujo vino valenciano y Pedro Romero burló las cosas vedadas. No importó burlar las prohibiciones del reino y del municipio.
De los duelos y de los desafíos tampoco escapó la Requena de Felipe II. Su corregidor Lorenzo de San Pedro encajó un duro juicio de residencia a inicios de 1584, pues su mandato había sido pródigo en incidencias. El alguacil Diego de Gonzalo de Córdoba sacó cara por él, pues su ejecutoria se encontraba estrechamente enlazada a la del corregidor. En su defensa, rememoró un momento especialmente duro, en el que por razones de precedencia y honor salieron a relucir las armas blancas en la iglesia arciprestal de El Salvador. He aquí su testimonio:
"Durante el tiempo que en esta villa ha sido alguacil, (ha habido) muchas pendencias y debates, donde en forma de comunidad se han juntado muchas veces unos contra otros, de donde se pudieran seguir muchos riesgos e inconvenientes (como los de) la iglesia de San Salvador un día de fiesta, donde había congregada mucha gente porque había sermón (y) en una capilla de San Julián unas mujeres se atravesaron sobre los asientos y a las voces que daban acudieron muchos hombres de la una parte y de la otra con espadas, dagas y puñales sacados, que al cabo tocaron toda la iglesia, y hubo mucho escándalo de sacerdotes de dejar para decir la misa."
"Y en el alboroto y escándalo que hubo en la iglesia de San Salvador harto hice, y puedo ser notado de diligentísimo, pues metido entre más de cien espadas desnudas apacigüé al pueblo alborotado y aquieté los ánimos indignados, de manera que no hubo riesgo ni de allí se siguió más escándalo ni pasión, y prendí algunos de que entendí que habían sido los causadores y todo mi cuidado puse en la quietud del pueblo y su pacificación."
El importante movimiento religioso de la Contrarreforma pretendió ser una verdadera revolución cultural, capaz de moldear la mentalidad y el comportamiento de las gentes según la Iglesia católica y la monarquía autoritaria. Sin embargo, las características de su sociedad opusieron en ocasiones un obstáculo eficaz a la difusión del mensaje de la Contrarreforma.
Fuentes y bibliografía.
ARCHIVO HISTÓRICO NACIONAL.
Consejos, 25420, Expediente 5.
Declaraciones del alguacil Diego de Gonzalo de Córdoba y del corregidor Lorenzo de San Pedro en el juicio de residencia del mismo corregidor.
GALÁN, V. M., Requena bajo los Austrias, Requena, 2017.
GALÁN, V. M., La cultura de la Contrarreforma en Requena, Requena, 2021.
NALLE, S. T., Dios en La Mancha. La reforma religiosa y el pueblo de Cuenca, 1500-1650, Cuenca, 2003.
